Encanto

Si Weber gustaba de sostener que el viejo mundo medieval, encantado por las certezas de la religión, le daba paso al mundo desencantado de la racionalidad; donde si antes el hombre moría satisfecho ahora muere angustiado, ¿está este nuevo mundo que habitamos en una suerte de re-encantamiento? ¿Son las verdades de tiktok las nuevas certezas, que dejan a todos satisfechos en medio de la catástrofe? ¿Cómo explicar esta nueva fe de laboratorio, a lo think tank? ¿Cómo convivimos con los Cypher (el traidor de matrix que vendió a sus compañeros a las máquinas) de nuestra época?

Ante la movilización masiva por la educación pública, la respuesta es un meme. Ante inquietudes vitales y urgentes, google. Ante vínculos sexoafectivos, emojis y botones de ser o no amigos. Sin discusión, sin diálogo, sin construcción. La lógica del elijo creer mundialista, llevada a una mistificación de la promesa futura en un “confiá”. Una suerte de autoconvencimiento de que ya está todo dicho y hecho, de que la suerte está echada. Como si viviéramos en una gran góndola de recorridos vitales posibles, en la cual somos meros consumidores, y donde nuestra tarea es solamente elegir (para lo que nos alcance). En este momento, ante tamaña jugada a espaldas del pueblo, nos sentimos como Gandalf preguntándose azorado “¿en qué momento Saruman el sabio abandonó la cordura para abrazar la locura?”. En la lógica voraz, radicalmente presente del mercado, no hay historia, ni memoria colectiva, ni contratos sociales. Sólo un aquí y ahora despiadado por naturaleza, que desde el discurso de la eficiencia se vuelve irracional, puramente instrumental.

Claro que este panorama para algunos es desolador, y para otros reconfortante. ¿Quién quiere morir con angustia? Pero más apremiante y elemental es la trampa en la que caemos al evadir la angustia de la existencia, porque el costo es renunciar a vivir, desistir de existir, para simplemente funcionar. Es tomar cualquier certeza, total todo da igual, todos son lo mismo, y aferrarse a una premezcla desabrida para sobrellevar -y en muchos casos incluso justificar- el caos del despojo y el saqueo brutal que estamos viviendo. 

¿De qué manera se comprende sino la insistencia moral del sacrificio, del no te persigás a lo negro Pablo? En el caso del viejo (y no tanto) mundo medieval era nada menos que la salvación eterna lo que conducía a supeditarse a una vida de renuncia y obediencia. Hoy, este encantamiento toma otras formas, asimilables a la fe, y sostenidas por una promesa de “progreso” -siempre individual y extractivista- que de todas formas nunca llega a cumplirse. Una fe que no discute ni transforma pero sostiene. Así se asimilan las privatizaciones y la reforma laboral como novedosas soluciones, como si no hubiesen fracasado en nuestro suelo. Porque tenemos que confiar, debemos tener fe y encomendarnos al mercado, que entiende mejor que nosotros, y tiene un destino especial determinado para cada uno, si somos pacientes y aplicados en el sacrificio. 

Destino colonial nos espera si no rompemos el encanto y abrazamos lo demasiado humano que nos mantiene vivos en Zion.


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