Ñoquis
Ola de despidos. Militarización de espacios de trabajo. Pulverización de la capacidad económica. No hay sorpresas. Ninguna medida política que no se haya prometido en campaña electoral.
Sin embargo sorprende que aún haya personas que festejan, que se alegran, que consideran que éste es el camino. No son dementes ni masoquistas. No son pocos ni locos. Es tu vecino, es una amiga, es la misma gente que te rodea la que legitima esta ruleta rusa de crueldad. Laburantes que festejan que otro laburante se queda sin trabajo, de eso sí que es difícil volver.
“Son ñoquis” justifican, convencidos de que se debería tener mayor eficiencia, cancheritos sobre qué es lo que hay que hacer, sin profundizar mucho más, mientras no sean ellos los despedidos.
Violencia, cansancio del cuerpo y del ánimo, frustraciones cotidianas, competencia, son algunas de las características de este presente donde las redes que hacen a las comunidades parecen descocerse. No hay ruptura abrupta, no “un fin”, hay escenas e interacciones que lentamente, de forma casi imperceptible, fuimos olvidando.
¿Quién sabe qué es útil y que no para una sociedad? Hasta el hartazgo repetiremos que lo útil no pasa por el lucro económico sino por el bienestar social. Incluso -como dijo Pino- por el goce señora, el goce.
Pareciera, por otro lado, que incluso contra toda evidencia (una pandemia mundial, una epidemia de dengue) el sentido común nos apronta a relacionar eficiencia con lucro, con empresarios, con el ámbito privado; y a considerar al Estado como un lastre, un elefante blanco, una antigüedad.
En un sentido lo es, porque ya no rigen las mismas reglas de juego, ya no hay interés en sostener instancias de garantía de la vida. Porque eso es lo que está en juego, el trabajo para proteger y promover lo vivo. ¿A dónde van a ir a atenderse aquellos que gestionan una jubilación o pensión, si cierran anses? ¿Quienes educarán a las infancias, si no hay dinero para las escuelas? ¿Qué vacuna o repelente se repartirá en hospitales públicos, si no hay científicos para crearlos o industrias para producirlos? Y así podríamos hacer miles de preguntas retóricas que den cuenta de que en el Estado no hay ñoquis. En el Estado estamos todes. No lo decimos en una forma romántica o panfletaria, sino que hablamos de que nuestras vidas, la de todos los que no tenemos la cosa resuelta por la herencia, está intervenida por la presencia del estado en nuestra educación, nuestra salud, etc. Por eso hay que defenderlo del desguace bestial de nuestros derechos y de la seguridad social.
¿Cuánto dura la legitimidad que la sociedad le dispensa a la miseria por la promesa de un futuro mejor en 35 años? ¿Cuánto están dispuestos a sostener esta muestra constante de desprecio por lo propio y los propios? ¿Cuánta humanidad estamos dispuestos a perder los argentinos?
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