Guerra
Nos encontramos en un escenario de múltiples crisis - económica, anímica, vincular, orgánica- que podrían pensarse como una guerra total. Un ordenamiento de las hostilidades dirigido a la acumulación del capital, en el cual iniciativas que no responden a dicha lógica son aplacadas y/o desplazadas a un segundo plano de menor importancia o valor. Una guerra total que se traduce en menos ganas, menos tiempo, menos encuentros, menos vida.
Pero sin embargo hay una dificultad en poder reconocer estos indicadores de achicamiento de lo vital y de vincularlos de forma expresa y clara con el contexto de guerra total; con el costo que ello implica. En el día a día, intentamos encontrarle la vuelta a sostener actividades reflexionando estrategias y acciones para paliar estas crisis; pero la primera función del poder es negar la existencia de estas micro-guerras, borrando hasta su memoria.
La negación de la guerra total implica la individualización de las responsabilidades del malestar social. La individualización es un deber ser en el cual el pecado capital ya no será la avaricia, sino la pereza. Es decir, se van consolidando creencias de autosuficiencia, y aislando y desgastando las potencialidades al volverse medibles, calculables, comparables las acciones o capacidades de las personas.
En este sentido, la posible participación de Argentina en las guerras bélicas en curso se vuelve un frente más que naturalizamos rápidamente, y cuya retórica se acopla al delirio senil del poderío occidental colonialista. El conflicto bélico no hace más que dar cuenta del agotamiento del modelo unipolar de organización política mundial con hegemonía yankie. El nacionalismo florece en este contexto y se viste con distintas ropas. En algunos casos como en el Sahel tienen un ímpetu regionalista, antiimperialista y lineamientos pragmáticos en términos geopolíticos. Pero también surgen reversiones de nacionalismos al viejo estilo europeo, cargados de xenofobia y racismo y reivindicaciones a un supuesto pasado glorioso, como el caso Meloni. En Argentina el devenir del antiperonismo va en esta línea, aunque con matices.
Si bien los discursos antagonizan la mayor parte de estas guerras, es la multipolaridad lo que caracteriza a la geopolítica global de hoy. Se despliegan una serie de conflictos alrededor de los cuales las potencias más influyentes operan, a veces de forma explícita y otras más solapada, en lo que se conoce como guerras proxy. Estas guerras despliegan en territorios de terceros las luchas de las potencias; que no ponen en riesgo ni sus ejércitos ni sus ciudades y, luego de sembrar hambre y terror, buitrean los recursos naturales codiciados ante la desesperación de los pueblos azotados por la violencia.
El futuro llegó hace rato, y los distintos frentes recrudecen la cotidianidad: salud, educación, transporte, alimentación. Más de tres millones de nuevos pobres vuelven cada casa una trinchera hostil y desgarradora. Si lo social es más estructuralmente padecimiento y garrón no hay lugar ni tiempo para la imaginación política. Queda quizás intentar rehusarse a aceptar la guerra como única administración de lo vivo, como regla del juego inapelable. Hay que bailar, como decía Scarlet Johanson en Jojo Rabit, bailar y reír ante el horror, en la defensa de esa otra vida posible, del disfrute y de la amistad.
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