Rebeldía

Volviendo del laburo en el subte, escucho de refilón una conversación. Una mujer de unos cincuenta y pico miraba reels de Instagram mientras conversaba espontáneamente  con otro pasajero, unos treinta años menor: “El dengue hemorrágico es una mentira, es la vacuna (por covid 19) que está matando a la gente”. El chico, que asentía sin demasiado vigor, responde ante la insistencia del argumento “yo no me di ninguna”. La mujer, congraciada por la conexión, profundiza: “Nadie se va a hacer cargo de las mentiras. Sueltan mosquitos para encubrir lo que hicieron; y ahora todo el mundo está poniéndose productos cancerígenos, pagándolos fortuna. No les voy a dar el gusto de obedecer, prefiero ser rebelde”.

Rebeldía. 

Intento salir del asombro, y pensar un poco más allá sobre este intercambio. Ciertamente no es un acontecimiento aislado, ya que la circulación en redes de mensajes en clave verdad revelada es moneda corriente. Por tanto, tiene la intención de invitar al pensamiento crítico, a la duda, a desarrollar las ideas propias. Muchas veces la afirmación de esas posiciones individuales busca aceptación ante un conjunto, mediante la contabilización de los me gusta, de los seguidores, de las reproducciones. Pero también el diálogo del subte busca complicidad, asociación, sale de la pantalla para volverse cuerpo, para darle espesor a la convicción, para de alguna manera volverla más real. Todas cualidades generalmente consideradas positivas, nutritivas, motorizantes. ¿Por qué ya no podemos decir lo mismo de estas formas de accionar? ¿Cómo es que la rebeldía fue cooptada? ¿Qué vuelta de rosca hace falta dar?

Estamos ante un escenario donde la vida ya fue puesta en riesgo y perdida. Donde las catástrofes naturales ya ocurrieron y las guerras ya se pelearon. No habrá día del juicio final. No hay verdades o conocimiento certificado capaces de resistir el caos del multiverso algorítmico. Agota y deprime la carrera infinita de reponer datos históricos o discutir la evidencia empírica. La ciencia como la conocemos ha sido puesta en duda, y en su lugar conjuros y mitos han tomado protagonismo. 

La única certeza es la obediencia de todo aspecto vital a la valorización financiera; ya que para el resto de información que sobrecarga y enferma nuestras mentes y corazones, no tenemos tiempo ni manera de saber qué tan verdaderos son. Contra esa obediencia sí podemos (y debemos) construir formas de rebeldía colectiva. Rebeldía holgazana ante la mirada incómoda de la patronal, capaz de tensionar la ilusión meritocrática individualista sin boicotear compañeres. Rebeldía silvestre, callejera, una acción micropolítica desde lo llano. No pasa entonces por conocer una “verdad” y actuar en consecuencia -lo cual de todos modos es una actitud honorable- sino por hacerse cargo de la decisión de vivir en comunidad. Ante la preeminencia de la valoración financiera, de la contabilización infinita, la clave está en rebelarse siendo parte de la contracultura, de un proyecto de comunidad y no un conjunto de individuos. 

Por supuesto no estamos inventando la pólvora, la comunidad organizada ya está escrita. 


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