Estallido
A los +30 la crisis económica y política que venimos pateando hace tiempo nos trae viejas reminiscencias de la infancia noventista y de esos momentos previos al estallido del 2001. Claro que por ese entonces lo nuestro era una visión de niños cuando empezaron los rumores, las corridas, los saqueos. Un aire similar se respira, por momentos es como si hubiésemos vivido una especie de remake acelerada de los 90s y el 2001 en lo que va de gobierno liberal-conservador. Por supuesto, es simplemente (o no tanto) un sentir. Pero coherente, acorde con la temporalidad difusa que caracteriza a este presente extraño, casi distópico.
En términos históricos, sociales y políticos es posible encontrar similitudes y diferencias, continuidades y rupturas. Sin embargo, por el momento nos alcanzan algunas dudas desde la mirada generacional. No está demás empezar por lo obvio, está vez la crisis nos encuentra como adultos económicamente activos. Adolescentes en una etapa de recuperación económica de la Argentina, nos tocó entrar a la vida laboral con salarios en alza. Ahora hemos visto cómo en un par de años nuestros consumos, nuestra vida cotidiana, nuestras condiciones de trabajo, incluso nuestro ocio, sufrieron un deterioro insoslayable. Algunos de nuestra edad logran conservar empleos en relación de dependencia que les permiten sostener un modo de vida, aunque menos cómodo, relativamente estable. Sin embargo, son muchos los que cobrando salarios registrados quedan por debajo de la línea de pobreza, otros inmersos en la informalidad y tantos más en situaciones aún más precarias y marginales. La presión no la sentimos con el crédito hipotecario como nuestros viejos, sino tristemente por una lábil ilusión de independencia económica, cada vez más difícil de alcanzar.
En este sentido estamos afinando la percepción, nos quema el inminente estallido. Spinoza decía que el tipo de conocimiento más elevado es el intuitivo, ya que datos y raciocinio te pintan el escenario, pero la intuición lo interpreta, e incluso lo crea. Hay algo de estas nuevas experiencias y de este aprendizaje para lo que no hay palabras o argumentos. Urge confiar en el instinto para no pifiarla, porque la velocidad y la vorágine de los sucesos no permiten analizar porcentajes y sacar cuentas. Y si bien está de moda el “no la ven”, no se trata de ver sino de sentir.
Quizás volver a esas reminiscencias oriente o ayude a atravesar un momento en el cual estallan los mandatos (cumplidos y fracasados), y el agobio amenaza lo poco vital que queda. Si los jóvenes de nuestra edad en otro tiempo soñaban utopías, revoluciones, otro mundo, ¿nos tocará a nosotros mantenerlo apenas vivible? ¿Será que nos toca defender incluso lo más elemental de lo humano? ¿Es nuestro desafío eludir las fantasías tecnológicas y las soluciones algorítmicas prefabricadas y atrincherarnos en el gesto espontáneo y des-interesado?
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