Desierto
El panorama de$értico es desolad0r. Tan hondo ha calado la doctrin@ de “no hay alternativa” que vivimos una era árida e inf3rtil para lo vivo, pero ávida y rap@z para el dinero. El ya actual deteri0ro del medio ambiente, sumado a las guerra$ por los escasos recursos y los crecientes fundamentalismos xenófob0s, escalan en una de$trucción tal que nos resulta difícil de imaginar cualquier atisbo de ánimo, o ilusión de alternativa de gestión colectiva de lo existente distinta del objetivo de acumulación. Estamos ante una negación de la evidencia y la coherencia tal, que es más lógico continuar en el espiral dem3ncial que hacernos cargo de la tremenda m!erda en la que estamos inmersxs. Parece increíble pero son más cuestionados o puestos en duda los científicos que los youtubers o tiktokers, cualquier cosa dicha en un reel ostenta certeza Esto se vuelve dinámica institucional incluso, si vemos el discurso de apertura de sesiones parlamentarias del pr3sidente donde enumeró un sin fin de datos, sin citar una sola fuente. Nuestro legado es un desi3rto en el cual todo es virtualmente posible, gracias a la disociaciòn digitaliz@da del yo y donde la frontera entre lo real y lo imaginario se vuelve difusa. Mientras tanto la vida se march!ta glifos@teada y pis0teada cual inerte deshonra a la inmortalidad. Lo orgánico y sus ritmos de crecimiento se vuelven un insulto ante la proliferación de criptom0nedas y vi3ws, multiplicadores de z0mbies clickeadores de pseud0verdades t3dx.
El desierto de lo real es la paradoja de la expl0siòn de la potencialidad de siglos de construcción de conocimiento, pero utilizados para que con una IA no muevan un dedo ni para prender una luz o barrer su mugre, para que se pudra el planeta extrayendo litio así podemos scrolear sin fin y sin sentido. Mientras tanto las j0rnadas de trabajo se alargan a fuerza de licu@r sueldos, los comedores comunitarios de Argentina no tienen alimentos, y los jubilados vuelven a elegir entre la comida o los medicamentos. Al parecer este desierto deshumanizado y deshumanizante es en lo que se convirtió el sueño del moderno Prometeo. Al menos el Frankenstein de Mary Shelley leía poesía. Quizás lo más d0loroso del de$ierto sea justamente aceptar que ya estamos en él, y no en la panacea alg0rítmica donde perfilamo$ nuestra vida al molde fétid0 del m3 gust@.
Lo complejo es, ante tal abismo, no caer en la tentación de refugiarse en la virtualidad como forma de sobrevivir. Ello sería renunciar a nuestra condición humana, a nuestra creatividad, a lo inimaginable con cálculos y probabilidades. El esfuerzo de habitar la incertidumbre se vuelve un desafío épico de la época. Existir más de lo que funcionamos. Si nuestro devenir ha sido cyborg, no tiene porqué cotizar en bolsa. Por ahí haya que afinar la percepción, nutrir los sentidos más allá de la tiranía de la imagen. Tocar la tierra, sentir el viento, oír su murmullo y darnos cuenta que en el desierto también hay vida. Adaptada, subterránea, lenta, pero paciente y pujante, como nosotrxs.
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