Pasión
Pupilas y arterias dilatadas, cuellos y ojos enrojecidos y puños cerrados. Cuerdas vocales desgastadas, mentes agobiadas y espaldas contracturadas. Dedos cansados de scrollear, antebrazos que ya no pueden sostener el dispositivo celular y lo arrojan, involuntariamente, al rostro papudo del que es espejo. La guerra total de todes contra todes mainstream, tuiteada, lejana se lleva toda la pasión que somos capaces de experimentar, y deja al resto de la cotidianidad seca, en un desierto y soledad hostil, inerte, insoportable e insípido.
Los cuerpos aislados y mediatizados sufren, sí; pero se trata de una dolencia enmascarada de una especie de heroicismo francamente pelotudo y peligroso, empujado por una promesa de felicidad futura sin respaldo en la experiencia, que no hace más que mistificar la atrofia afectiva. La dinámica de realidad-pantalla dificulta por un lado la propia percepción del sentir, y por otro exacerba aquello que se considera valioso de ser viralizado, sea fidedigno a la realidad o no. Miren que increíble lo que creo que soy o, aún más triste, miren el relato que me conté a mi misme como verdad.
¿Se extinguió la pasión? ¡Claro que no! Quizás nunca antes la sociedad tuvo tantos espacios de expresión o de intercambio accesibles -al menos para algunes-; y sin embargo el diálogo y el encuentro se hacen cada vez más esquivos.
Pero, ¿qué es la pasión? ¿Electroimpulsos interpretados por nuestro cerebro, como decía Morfeo? ¿O aquello que nos convoca de tal manera que nos permite corrernos de lo que se espera? No se trata de contraponer metáforas filosóficas vs cientificistas, sino intentar entender qué nos está pasando, y cómo hacemos para despertar de esta somnolencia apática ante lo vivo. Es insistir en que la pasión no se mide, ni se compara, ni compite. No tiene velocidad, ni tiempo. Es una forma de vivir en la pura afirmación de la vida, de lo que podría ser y lo que cambia. Es también una fuga de lo establecido y estanco que pretende dominar la vida o subsumirla al lucro. Una línea de escape a este aparente presente permanente de imágenes irreales, frío, anti-creativo, predecible.
Es vivir hasta la victoria, siempre. Como nos enseñó viviendo Norita, que del dolor, la crueldad y la indiferencia pudo encontrar pasión en la convicción de que otra vida es posible. Pasión compartida, porque aunque quisieran denostarlas nombrándolas como “las locas de la plaza”, estaban organizadas y juntas, luchando por la verdad.
¿Qué tenemos hoy para aportar como espacio social de vómito, que pretendemos crítico, deseamos incómodo y soñamos colectivo? No poder responder nunca a esta pregunta. Porque eso sería aniquilar la pasión que no solamente nos mueve sino que nos une, nos organiza, nos hace sentir esta sinergia.
Quizás seamos simplistas al ponerlo en términos dicotómicos, pero es solo para arrancar a pensarlo. Es que por momentos se siente como la escena de Matrix con la píldora roja y azul. ¿Qué elegir? ¿Lo vital imperfecto o lo artificial? ¿El deseo humano o la fría precisión de la máquina? ¿Sentir o anestesia? ¿Existo con la pasión a veces triste o funciono alienado, desconectado-conectado?
Podés elegir el camino que quieras pero uno ya sabés a dónde lleva.
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