Libertad
Destrozado el consumo, roto el hechizo. Ya no hay movilidad ascendente que banque el modelo pisacabezas. Quedan cada vez menos sectores de las clases medias dispuestos a rifarlo todo por Miami (salvo por supuesto aquellxs con hernias de apatía y embolias de indiferencia). Cuando el poder colectivo es reemplazado por la capacidad individual de compra de sujetos endeudados, estamos rogando como cenicienta que no lleguen nunca las 12 para no convertirnos en calabaza y que se note lo que realmente somos, y la precariedad de la crisis se vuelva innegable. Hoy la libertad se reduce a cuánto crédito sos capaz de aguantar. Libertad para achicarte y para carnear. Libertad para odiar y para fingir. Libertad para negar y despreciar. Toda la libertad que seas capaz de comprar con 180 mil pesos.
Libertad ilusoria y cortoplacista, rápidamente encorsetada por el despliegue de todo tipo de estrategias prohibitivas. Desde volver un bondi un lujo hasta gasear periodistas, recortar cursadas o vaciar comedores. Es tan amplio el abanico de acciones determinadas a sostener esta brutal estafa, que tenemos que soportar que llamen libertad a la miseria de la autoexplotación y a trabajar el doble por la mitad.
Pero después de la indignación, y por momentos la muy necesaria descarga de angustia, es urgente construir más allá de esta interminable reacción al día de lo contrario. La libertad también tiene los sentidos que en nuestra práctica y nuestros pequeños mundos somos capaces de darle. No desde un lugar ivananadalesco de vibrar alto y toda la falopa refritada new age, limpiaconsciencias mediopelo ong. Es siempre desde lo colectivo que la potencia de lo que aún está por hacerse se hace presente, se fuga de lo establecido. En donde la libertad pasa por mutar, probar, experimentar, crear, y no por un modelo de vida que puede contener éxito, alimentado a base de franquicias y con olor a plástico made in china.
Libertad para nuevas formas de organización que nacerán desde el hartazgo de las políticas partidarias tradicionales. Nuevas maneras de comunicarse, al calor de la hiperestimulación digital y la hiperconetividad a la que esta era orwelliana nos empuja. Nuevos vínculos que se posibilitan, al estallar las instituciones familiares y visibilizarse otros sujetos y otros deseos. Nuevos sistemas económicos, tanto macro como micro, en esta jungla global de acumulación cuyos límites se van vislumbrando ante la escasez de recursos, territorios y poblaciones por someter. Nuevas pasiones y afectos, ante tanta desilusión, incertidumbre, tristeza y dolor, en donde podamos intentar ser felices y gritar el grito sagrado, y oir el ruido de rotas cadenas.
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